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Marzo 20, 2005
Frío y calor
Esto no hay quien lo entienda. Debe ser culpa del gobierno ―como decía Guille, el hermano de Mafalda― pero, incluso aunque así fuese, el cambio climático escapa también a la sinrazón gubernamental habitual. Hace sólo unos días estábamos congelados y ahora nos achicharramos. Imposible aclimatarse a tanta velocidad. Esta meteorología delirante es una metáfora de todo lo que nos acontece. Se van superponiendo capas incongruentes de situaciones contradictorias con la vida que nos habían vendido.
Antes había primavera, verano, otoño e invierno: ahora pasamos de una estación a otra como si viviéramos todos en el barrio del Carmel de Barcelona, que es ese sitio donde se pasa del cuarto piso a la estación de metro en un santiamén. Del mismo modo pasamos del guante de lana al pai pai sin transición ni referéndum.
―Es usted un agonías, hombre. ¿No decía que tenía ganas de que llegara el verano cuando se quedó usted tirado por culpa de la nieve en Burgos hace quince días? ¡Pues aquí lo tiene, caballero! Ya ve: no hay más que pedirlo y deseo concedido.
Bien, es cierto. Si el clima está en manos del Ministerio de Cultura la verdad es que lo están haciendo bien. Contentan a todos y fomentan esa conversación inútil de ascensor que ya no es tan inútil porque nadie sabe a ciencia cierta qué ropa ponerse cada mañana y es bueno que el vecino enterado le informe a uno de lo que pasa más allá del portal. Dentro de poco el cocido lo haremos con carne de pingüino y dromedario a partes iguales. El problema van a ser los vegetales que ya no saben si crecer o criar malvas. Los ciruelos pasan de una helada a un sofocón y las dos cosas les dejan como muy quemados. No va a haber un remedio natural contra el estreñimiento esta primavera. Y es que es cierto que nunca llueve a gusto de todos pero vamos a tener que cambiar el refrán por algo así como “nunca no llueve a gusto de nadie”, lo que dará más de un problema a los lógicos matemáticos a la hora de formalizar semejante demencia.
―No me haga juegos de palabras baratos, joven. En definitiva se trata de que usted es un quejica y nunca está a gusto con nada. Convendrá conmigo en que, en algún momento, las cosas coincidirán con sus gustos o sus necesidades...
Caramba, pues también es cierto. Yo creo que este mareo de nuevo milenio está programado para no darnos tiempo a reaccionar ante los acontecimientos. Vivimos en la provisionalidad más absoluta y eso nos da una sensación de seguridad porque para qué preocuparse por lo que va a venir: siempre va a ser una novedad. Pasado mañana invaden Siria los americanos y a nadie le va a extrañar. Y si a la Iglesia le da por bendecir los matrimonios homosexuales, no por ello dejará de haber católicos. Es una superposición de sobreexposiciones, si esto quiere decir algo. En otras palabras: nos bombardean con una ola de frío que horas después queda definitivamente derretida en nuestra memoria; nos ponen y nos quitan el programa de Wyoming sin que dé tiempo a comentarlo a la hora del bocadillo; nos anuncian un yogur con oligomegaelementos activos y bifídus biolavante incorporado, al que nos hacemos inmediatamente adictos, y a la semana siguiente ya no está en la estantería del súper. Y así cien mil cosas más. Si en los años ochenta a un dibujante de comics se le ocurre describir un futuro sin la Unión Soviética, con Michael Jackson procesado por pederastia y con Fraga como presidente de una comunidad autónoma, todo el mundo le hubiera tachado de drogadicto alucinado. El clima y la historia ―en definitiva, la vida― corren que se las pelan. Todos sabíamos que la aceleración era inevitable, pero nadie nos dijo que fuéramos a más velocidad que un bólido de Fórmula Uno. La pregunta es: ¿cómo frenamos en la próxima curva? O también: ¿guardo ya la bufanda y el jersey de lana en el armario del fondo? ¡Que alguien nos dé un manual de instrucciones!
Posted by Julián at Marzo 20, 2005 04:31 PM
