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Marzo 27, 2005
La cena está lista
Y tanto que sí, así que lavaos las manos y sentaos a la mesa. Tenemos algo que comer —y ya eso es una bendición— y tenemos donde comerlo. También tenemos ese tiempo que compartir para desbarrar y despotricar sobre/de/contra todo lo que nos apetezca. Porque estáis en vuestra casa, en mi casa, si es que hay casas de alguien. Pero la cena está esperando y no es bueno que se enfríe. Aprenderemos algo sobre el huevo frito o sobre la sopa de sobre. Mojaremos pan y procuraremos no hablar con la boca llena. Nos enseñaremos, eso sí, las mejores de las sonrisas, las carcajadas más apasionadas, los gestos de preocupación más intrigantes.
Pasad: la cena está lista. También hay postre. Tenemos flan o tarta de chocolate (¡sólo para fanáticos!) o lo que sea, porque lo que de verdad importa es que compartamos esta cena. El día dura veinticuatro horas porque la Tierra gira sobre sí misma y nos da la noche y el día. El desayuno, la comida y la merienda son importantes, claro que sí, pero la cena es crucial. La cena nos anuncia la noche, nos anuncia los sueños, los cuentos que nos contamos antes de dormir. La cena nos coloca en nuestro sitio natural y en nuestro tiempo artificial, en ese tiempo que hemos diseñado para tenernos los unos a los otros, en ese tiempo que no existe en ningún otro planeta salvo en el nuestro. Y nos tenemos para pasarnos la sal, el agua, el pan y lo que se tercie. Somos así de elementales y tan maleables como el puré de patatas. Como este puré de patatas de sobre que está muy bien, pero ya nada tiene que ver con aquel de mi tía abuela. Os lo tengo que hacer, tenéis que probarlo. Hace falta tiempo, claro: pelar patatas, cocerlas muy bien, pasarlas por el pasapuré (esa herramienta olvidada) y repartir dos cucharadas por plato por lo menos. Siempre podremos moldear figuras absurdas que nada tendrán que ver con nuestra cena. Indios del Far West, astronautas incas pintando las llanuras de Nazca, brokers de Manhattan peregrinando a Fátima, la cara de Shin Chán, la Fender Stratocaster de Jimi Hendrix...
Pero, bueno, todo eso da igual. El caso es que la cena está lista. La cociné yo para vosotros y no tendréis que dar un palo al agua. Yo me ocupo de poner el mantel, los platos, los cubiertos, las servilletas y la cestita del pan. Yo me ocupo de todo, incluso de enseñaros cómo manejar la pala del pescado. Podemos apagar la tele además. Podemos escuchar un disco o escuchar lo que nos decimos los unos a los otros. Podemos hacer lo que nos dé la gana si somos conscientes de que la cena está lista.
Porque está lista. Somos unos afortunados, unos okupas de nuestro propio espacio-tiempo, y nos ocupamos de nuestra cena y de lo que venga durante o después. La cena no es tonta: por eso está lista. Para que la celebremos juntos, para que la saboreemos o la desmenucemos sin ganas de comérnosla. Sólo hace falta tener la servilleta sobre el regazo y las dos manos sobre el mantel.
La cena está lista. Somos nosotros los que nos retrasamos, somos nosotros los que tenemos que sentarnos a la mesa y celebrar el acontecimiento. La tortilla francesa nos enseña idiomas, las judías con huevo cocido y con su chorrito de aceite nos recuerdan la bandera irlandesa, la sopa de letras hace que nos traguemos nuestras propias palabras. Podemos dar en pensar lo que queramos, podemos dar en querer lo que pensemos si estamos cenando juntos. Todo nos aprovechará, todo nos servirá para crecer.
El desayuno de mañana también importa, claro que sí. La comida y la merienda también, por supuesto. Pero ahora estamos sentados a la mesa para cenar por una sola razón: la cena está lista y nosotros también.
Escrito por Julián at 01:14 PM
Marzo 20, 2005
Frío y calor
Esto no hay quien lo entienda. Debe ser culpa del gobierno ―como decía Guille, el hermano de Mafalda― pero, incluso aunque así fuese, el cambio climático escapa también a la sinrazón gubernamental habitual. Hace sólo unos días estábamos congelados y ahora nos achicharramos. Imposible aclimatarse a tanta velocidad. Esta meteorología delirante es una metáfora de todo lo que nos acontece. Se van superponiendo capas incongruentes de situaciones contradictorias con la vida que nos habían vendido.
Antes había primavera, verano, otoño e invierno: ahora pasamos de una estación a otra como si viviéramos todos en el barrio del Carmel de Barcelona, que es ese sitio donde se pasa del cuarto piso a la estación de metro en un santiamén. Del mismo modo pasamos del guante de lana al pai pai sin transición ni referéndum.
―Es usted un agonías, hombre. ¿No decía que tenía ganas de que llegara el verano cuando se quedó usted tirado por culpa de la nieve en Burgos hace quince días? ¡Pues aquí lo tiene, caballero! Ya ve: no hay más que pedirlo y deseo concedido.
Bien, es cierto. Si el clima está en manos del Ministerio de Cultura la verdad es que lo están haciendo bien. Contentan a todos y fomentan esa conversación inútil de ascensor que ya no es tan inútil porque nadie sabe a ciencia cierta qué ropa ponerse cada mañana y es bueno que el vecino enterado le informe a uno de lo que pasa más allá del portal. Dentro de poco el cocido lo haremos con carne de pingüino y dromedario a partes iguales. El problema van a ser los vegetales que ya no saben si crecer o criar malvas. Los ciruelos pasan de una helada a un sofocón y las dos cosas les dejan como muy quemados. No va a haber un remedio natural contra el estreñimiento esta primavera. Y es que es cierto que nunca llueve a gusto de todos pero vamos a tener que cambiar el refrán por algo así como “nunca no llueve a gusto de nadie”, lo que dará más de un problema a los lógicos matemáticos a la hora de formalizar semejante demencia.
―No me haga juegos de palabras baratos, joven. En definitiva se trata de que usted es un quejica y nunca está a gusto con nada. Convendrá conmigo en que, en algún momento, las cosas coincidirán con sus gustos o sus necesidades...
Caramba, pues también es cierto. Yo creo que este mareo de nuevo milenio está programado para no darnos tiempo a reaccionar ante los acontecimientos. Vivimos en la provisionalidad más absoluta y eso nos da una sensación de seguridad porque para qué preocuparse por lo que va a venir: siempre va a ser una novedad. Pasado mañana invaden Siria los americanos y a nadie le va a extrañar. Y si a la Iglesia le da por bendecir los matrimonios homosexuales, no por ello dejará de haber católicos. Es una superposición de sobreexposiciones, si esto quiere decir algo. En otras palabras: nos bombardean con una ola de frío que horas después queda definitivamente derretida en nuestra memoria; nos ponen y nos quitan el programa de Wyoming sin que dé tiempo a comentarlo a la hora del bocadillo; nos anuncian un yogur con oligomegaelementos activos y bifídus biolavante incorporado, al que nos hacemos inmediatamente adictos, y a la semana siguiente ya no está en la estantería del súper. Y así cien mil cosas más. Si en los años ochenta a un dibujante de comics se le ocurre describir un futuro sin la Unión Soviética, con Michael Jackson procesado por pederastia y con Fraga como presidente de una comunidad autónoma, todo el mundo le hubiera tachado de drogadicto alucinado. El clima y la historia ―en definitiva, la vida― corren que se las pelan. Todos sabíamos que la aceleración era inevitable, pero nadie nos dijo que fuéramos a más velocidad que un bólido de Fórmula Uno. La pregunta es: ¿cómo frenamos en la próxima curva? O también: ¿guardo ya la bufanda y el jersey de lana en el armario del fondo? ¡Que alguien nos dé un manual de instrucciones!
Escrito por Julián at 04:31 PM
