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Marzo 13, 2006

S.O.S: S.A.P (Síndrome de Alienación Parental)

El Síndrome de Alienación Parental (S.A.P.) es, en caso de divorcio, la consecuencia de la manipulación de los niños por parte de un cónyuge para que odien al otro sin causa justificada

El Síndrome de Alienación Parental (S.A.P.) es, en caso de divorcio, la consecuencia de la manipulación de los niños por parte de un cónyuge para que odien al otro sin causa justificada. No se trata de casos de abusos sexuales o malos tratos, por otra parte fácilmente detectables. Se trata de utilizar a los hijos como arma arrojadiza contra lo que se supone un enemigo, que suele ser el cónyuge que no convive con su descendencia pero que sí tiene un régimen de visitas necesario para el desarrollo normal de los menores. Es, para este cónyuge no custodio, un deber el hecho de mantener un contacto habitual con sus hijos (al margen de la obligatoria manutención); y es, para los niños, un derecho mantenerlo con sus dos progenitores. No tiene esto nada que ver con problemas de pareja entre adultos: las víctimas son los niños. Se trata, por lo tanto, de un problema al margen de sexos. Todos manipulamos y somos manipulados (una nación entera ―España― fue ingenuamente capaz de cambiar su intención de voto en el referéndum de la OTAN, por ejemplo) pero los niños son especialmente manipulables. En todo caso, son las parejas las que se divorcian, no así los hijos de sus padres. Los lazos familiares no prescriben.

El S.A.P. fue descrito por primera vez en 1985 por el psicólogo americano Richard Gardner, especialista en desprogramación de los soldados yanquis que habían caído en manos de los chinos durante la guerra de Corea y a los que se había sometido a un lavado de cerebro. Es, según Gardner, un desorden que se origina primordialmente en el contexto de disputas sobre la custodia de menores en causas de divorcio. También se da en casos en los que el cónyuge no custodio rehace su vida con otra pareja o en casos de hijos mayores de edad. En la variedad está el disgusto.

La campaña de denigración hacia el cónyuge alienado puede ser muy directa o muy sutil, según los casos, y los grados de rechazo injustificado de los niños pueden oscilar entre un cierto desdén o una imposibilidad física de estar en su presencia. Se puede, por ejemplo, no hablar directamente a los niños de lo malo que es el cónyuge no custodio (que no está nunca ahí para defenderse) pero sí hacerlo en presencia de ellos; y se puede utilizar el consiguiente rechazo para incumplir el régimen de visitas alegando que los niños no pueden soportar al cónyuge alienado. Poner en manos de un menor una decisión importante para su vida sería equivalente a dejar en sus manos la decisión de estudiar o no estudiar, comer o no comer, dormir o no dormir, vacunarse o no vacunarse. Ninguna civilización, en pleno uso de sus facultades físicas o mentales, ha permitido semejante cosa jamás.

El menor sometido a un S.A.P. asiste desvalido a la aniquilación de uno de sus progenitores (el cónyuge alienado) por parte del otro (el cónyuge alienador) sobre su propio campo de batalla emocional. La orfandad no supone ningún problema de este tipo: desaparece físicamente mi mamá o mi papá pero mi cariño permanece intacto y el recuerdo siempre será agradable. En el caso de esta disfunción, el cónyuge custodio alienador puede llegar a anular para siempre al cónyuge no custodio alienado y eso puede tener consecuencias gravísimas para los niños.

Hasta la publicación del libro de José Manuel Aguilar (“Síndrome de Alienación Parental. Hijos manipulados por un cónyuge para odiar al otro”, Editorial Almuzara, primera edición de octubre de 2004) , los psicólogos especializados en tratar a hijos con problemas de parejas separadas llamaban al S.A.P. “lo de siempre”. Ahora, este “lo de siempre” tiene un nombre y las cosas no existen hasta que se las nombra.

En estas “Noticias del Submundo” se ahondará la semana que viene en los aspectos sociales, judiciales, familiares e, incluso, políticos, relacionados con este infierno privado que empieza a salir del sótano, que no del armario. Continuará...


S.O.S: S.A.P. (2)

Decíamos ayer ―esto es, la semana pasada― que el S.A.P. (Síndrome de Alienación Parental) es el resultado de la manipulación de los hijos por parte de un cónyuge alienador para denigrar al otro cónyuge, el alienado.

Tras aquellas pertinentes explicaciones, pasamos a las condiciones y consecuencias.

En realidad, la utilización de los hijos es más vieja que andar a pie. Es algo parecido a lo que se utiliza en las tácticas militares desarrolladas en el siglo XX: “Mejor nos cargamos a los civiles, mi coronel, porque usted y yo ―aunque estemos en bandos contrarios― al fin y al cabo somos colegas”. Parecido, escudos humanos aparte, porque en el caso del S.A.P. los cónyuges no se ponen de acuerdo: uno manipula, denigra y arrasa la infancia de sus hijos con tal de que el cónyuge alienado sufra un castigo injusto y, por otra parte, inútil; el otro intenta explicar a sus hijos (y explicarse a sí mismo) lo inexplicable. (Insistimos en que nunca hay motivo objetivo para inculcar a los niños una información distorsionada de tal calibre). Normalmente el cónyuge alienador cuenta con la ayuda inestimable de su entorno familiar y denigra al alienado y su entorno familiar por igual: “Nada bueno puede venir de tu madre/padre y, por lo tanto, tampoco de sus padres, hermanos o amigos”. No siempre es así. A veces, algunas veces, el entorno familiar del alienado colabora con el alienador, lo que contribuye de manera determinante al mal trato psicológico al que son sometidos los niños (sean sobrinos, primos o nietos, tanto da). En estos casos, el cónyuge alienado cree que está viviendo una pesadilla lisérgica del nueve largo. Nadie ―ni sus padres ni sus hermanos― le ayuda a la hora de recuperar una relación normal con sus hijos. Y volvemos a insistir: los menores tienen el derecho de relacionarse con sus dos progenitores y estos tienen el deber de relacionarse con ellos.

Básicamente se trata de poner a los niños en un brete: “¿A quién quieres más: a tu papá o a tu mamá?”. Esa ridícula pregunta que solía hacer la horrible visita solterona (masculina o femenina) y que ningún niño fue capaz de contestar jamás, es la que se hace a los niños víctimas del S.A.P. con la pistola en la mano. Se llama “conflicto de lealtades”: si digo a mi papá/mamá que quiero más a mi mamá/papá, entonces el que me hace la pregunta no me va a querer a mí. (La disyuntiva es cruel. En casos extremos de tortura política, lo práctico es poner al torturado ante dos seres queridos y obligarle a eliminar a uno de ellos con el conocimiento de la situación por parte de ambos. Problema sin solución imperdonable para las tres víctimas; y del que el torturador se escaquea presumiendo la obvia debilidad de los tres torturados.) Suele ser el cónyuge que tiene la custodia de los hijos ―y, por lo tanto, convive con ellos― el que ejerce semejante presión, pero no es necesariamente así. Pero, eso sí, el lavado de cerebro es cuestión de horas, días, meses y años y alguien tiene alguna ventaja cuando dispone de más tiempo. El cónyuge alienado y alejado de los menores ya puede “llamar a las puertas de cielo” que seguirá siendo un apestado por muy buen rollo que intente aportar. La mentira juega un papel fundamental en todo este entramado. Como el niño no ve a su progenitor alienado ―o su progenitor alienado no responde a las provocaciones alienadoras― cree a pies juntillas lo que el alienador le cuenta, directa o indirectamente, con la complicidad de familiares de uno u otro “bando”. O no. El horror.

Es un infierno privado. Las ideologías políticas del siglo pasado salvaron (?) a las masas; también (?) las religiones siglos atrás. Nadie, sin embargo, se ha planteado la vida privada de las personas o (salvo Stevie Wonder) la vida secreta de las plantas. Y sí: continuará. Porque aún quedan un par de detalles que contar en esta historia de David Lynch que se llama S.A.P.

S.O.S.: S.A.P. (y 3)

El Síndrome de Alienación Parental (S.A.P.) ―sea o no reconocido por las leyes y los tribunales del Estado de Derecho; ese que se supone que protege a todos sus ciudadanos y, en especial, a los más débiles― es un hecho. Sería como negar a Pitágoras. En algunos países (en EE.UU., por ejemplo) es considerado un delito de malos tratos psicológicos para con los menores y es motivo de cambio de custodia: las autoridades toman cartas en el asunto. Dejar que unos menores tomen decisiones por sí solos, es suicida para una sociedad y una crueldad más del maltratador. No hay justificación para ello. Ni los estamentos dependientes del Estado pueden lavarse las manos a la hora de salvar a unos seres indefensos, como son los niños víctimas de un S.A.P. grave.

Es difícil calcular cuántas/os niños/as son víctimas de una manipulación que implique la desvinculación emocional con uno de sus progenitores. La respuesta que llega a estas Noticias del Submundo tras la publicación de los dos anteriores artículos hablando del tema, es aterradora: los difusores del problema ―psicólogos especialistas― están amenazados, los jueces no toman decisiones tajantes y, así, la vida cotidiana de los menores (y la del resto de los contribuyentes) está arrasada.

El abogado vigués Guillermo Garrido mantiene que la Ley (con mayúscula) está obligada a ser el último bastión que proteja a los ciudadanos. Si la Ley falla, fallará todo. Pasaremos a tener una ley (con minúscula) que deje a los ciudadanos más débiles ―los menores― en manos del primer desaprensivo que ponga en sus ingenuas manos las más graves decisiones. En este Estado Español, hay jueces que incluso admiten (que corroboran su existencia sin nombrarla, vaya) la manipulación de esos menores, el incumplimiento de sus derechos de relación con ambos cónyuges y que, ¡ay, caramba!, se lavan las manos a la hora de tomar decisiones sobre cómo hacer cumplir las sentencias dictadas por ellos mismos. ¿Son ineptos, incompetentes, cobardes o ―sencillamente― desconocen su oficio? Tienen un contrato con el Estado: o sus sentencias se cumplen o se van a vivir debajo de un puente. Hay una norma básica en la vida de un juez: “da mihi factum, dabo tibi ius” (dame los hechos y te daré el derecho). Si esos hechos están demostrados (véase la manipulación de unos menores que lleva a estos al desastre), la Ley tiene la OBLIGACIÓN de que sus jueces actúen para evitar tales desmanes.

Ante la Ley hay un guardián, decía Kafka. O lo solía haber. Estamos ante un problema político al margen de toda condición social, cultural o económica. Si el niño alienado pierde con el tiempo la confianza en el cónyuge alienador y no recupera al cónyuge alienado, está en un grave riesgo porque perderá toda norma y entrará en un proceso destructivo y/o autodestructivo que puede conducir fácilmente a la depresión, la marginación social, la violencia pandillera, dificultades en las relaciones de pareja, sentimientos de culpa de por vida y toda una serie de lindezas semejantes.

La Vida Cotidiana es el Gran Problema Político que queda por solucionar. Y la vida cotidiana de un adulto puede tener más de una solución; pero la de un menor se convierte en una tortura infinita si dejamos que se delinca sistemáticamente contra ella. Albert Camus decía que lo único intolerable es el sufrimiento de un niño. El situacionismo (Guy Debord y compañía) partió del marxismo para llegar a conclusiones que, a día de hoy, son ignoradas por la Intelectualidad Vigente. Nuestros jueces, nuestro Estado, están permitiendo lo intolerable y, lamentablemente, algunos psicólogos negacionistas también.

(El próximo sábado 18 de marzo, víspera del Día del Padre, la Asociación Gallega de Madres y Padres Separad@s convoca una Mesa Informativa en la calle del Príncipe de Vigo, frente al Mercantil, de 12.00 a 14.00 y de 17.00 a 20.00. La página web de José Manuel Aguilar ―autor de “S.A.P.: Hijos manipulados por un cónyuge para odiar al otro”, Ed. Almuzara, 2004― es jmaguilar.com.)

Y ya sabéis, Inés y Esteban, dónde me tenéis a mí.

Escrito por Julián at 07:06 PM | Comments (0)